GEOCULTURA: UN APORTE DE RODOLFO KUSCH PARA PENSAR LA CULTURA DESDE UNA PERSPECTIVA INTERCULTURAL

GEOCULTURA: UN APORTE DE RODOLFO KUSCH PARA PENSAR LA CULTURA DESDE UNA PERSPECTIVA INTERCULTURAL

Federica Scherbosky Conicet – UNCuyo, Argentina in REFP. Pensamiento e Ideas, N° 7, agosto 2015. pp 43-51

fedescherbo@yahoo.com.ar

Se analiza en este artículo una categoría propuesta por Rodolfo Kusch que se considera relevante para conceptualizar la cultura desde la perspectiva intercultural. La categoría en cuestión es la de “geocultura” expuesta en su libro Geocultura del Hombre Americano de 1976 y en Esbozo de un Antropología Filosófica Americana de 1978. Se decide analizarla ya que forma parte de la crítica hacia el etnocentrismo cultural que plantea Raúl Fornet-Betancourt en su filosofía intercultural. El filósofo cubano retoma en varios de sus escritos la categoría de geocultura, sin la cual le resulta imposible llevar a cabo una “verdadera transformación de la filosofía” (Fornet-Betancourt, 2001: 10) ya que la pregunta fundamental desde la que parte la filosofía intercultural es “¿desde dónde pensamos?”, cuestión que tiene al menos un inicio de respuesta en el planteo de Kusch. La geocultura implica la intersección de lo geográfico con lo cultural, ya que el pensamiento se da siempre situado, hay una gravidez del pensar marcada por el suelo. No obstante, se realizan las salvaguardas necesarias para que la situacionalidad geográfica no conduzca a una determinación esencialista y en última instancia a los etnocentrismos de los que pretende salir. Como estas lecturas deterministas son frecuentes en la obra de Kusch, se recurre a autores como Mauricio Langón y Juan Carlos Scanonne, quienes habilitan nuevas perspectivas.

Palabras clave: Geocultura- kusch- filosofia intercultural

Rodolfo Kusch plantea la cultura como “geocultura” haciendo referencia a un contexto estructurado mediante la intersección de lo geográfico con lo cultural. Esto implica que todo espacio geográfico está siempre habitado por el pensamiento de un grupo, pero éste a su vez está condicionado por el lugar en el que habita. Así, geografía y cultura conforman entonces una unidad geocultural. Kusch inicia su análisis de la “geocultura del pensamiento” (1978) en función de los diálogos interculturales y supone que estos son problemáticos por poseer distintos códigos culturales.

Se introduce a partir de estos interrogantes interculturales la noción de cultura y afirma que:

Cultura no es sólo el acervo espiritual que el grupo brinda a cada uno y que es aportado por la tradición, sino además el baluarte simbólico en el cual uno se refugia para defender la significación de su existencia. Cultura implica una defensa existencial frente a lo nuevo, porque si careciera uno de ella no tendría elementos para hacer frente a una novedad incomprensible (Kusch [1978] 2011: 252).

Así la cultura no se trata sólo de un acervo, sino sobre todo de una actitud de “defensa existencial” frente a lo nuevo, que en el caso de los encuentros interculturales implica un sujeto con otra cultura que resulta incomprensible. Se presenta aquí la tensión que se considera está planteada también en la concepción de cultura y de identidad trabajadas por Fornet-Betancourt y que implica el lograr una identidad lo suficientemente estable como para definir a un sujeto y lo necesariamente variable y permeable como para no caer en esencialismos estancos. O como bien lo plantea Ricardo Maliandi en su obra Cultura y Conflicto (1985), entre Escila y Caribdis, entre conservación y cambio, a fin de cuentas el dilema ínsito de la propia cultura.

Ya Kusch en Geocultura del Hombre Americano ([1976] 2011) vislumbra la tensión que se manifiesta entre ciudades cosmopolitas en permanente cambio, sostenidas por la clase media evadida de la realidad; y pequeñas ciudades o pueblos cuyo resentimiento los lleva a un folklorismo extremo.

Estos son los dos polos entre los que el autor considera intenta formarse la cultura americana. A sabiendas entonces de situarse en esta tensión Kusch plantea la noción de geocultura como un domicilio existencial en el que cada uno logra sentirse seguro y concederle sentido a lo que lo rodea. Esta locación identitaria sirve de apoyo en el encuentro con la alteridad. El pensamiento desde una perspectiva geocultural cuestiona filosóficamente la posibilidad de un saber absoluto, pues sostiene que aun este saber que se postula como absoluto está condicionado por la cultura de su tiempo.

Cuál es la incidencia del suelo en el pensamiento, se cuestiona el autor. “¿Todo pensamiento sufre la gravidez del suelo, o es posible lograr un pensamiento que escape a toda gravitación? (Kusch [1978] 2011: 255)”.

La geografía apunta al hábitat, al molde simbólico en el cual se instala el ser. La cultura es este molde simbólico en el cual se sitúa una vida. El suelo, según Kusch, tiene la función de moldear y deformar la intuición de lo absoluto, ya que no se trata de un absoluto propio, sino de uno que fue pensado para otro suelo y hay que moldearlo para este. Falta el absoluto propio que puede lograr la filosofía a través de la función de la deformación que implica el suelo. La importancia de la geocultura se debe a que supone lo fundante del suelo por una parte, y la deformación de cualquier tipo de pretensión de universalidad por otra. Se sitúa en esta tensión.

La idea de fundamento en la filosofía deriva de la idea de suelo, que implica “no caer más”, estar parado, o sea estar dispuesto ante la circunstancia a instalar una existencia. Dice Kusch que “quizás lo propio de la filosofía entre nosotros ha de ser, ya no su enseñanza misma, sino advertir en qué medida se deforma a causa de la gravidez local. Y es esta gravidez la que se torna esencial. La misma imperfección del filosofar hace a la filosofía americana. En el defecto en suma habrá de darse la verdad (Kusch [1978] 2011: 255)”.

El suelo marca la deformación que el autor propone, que implica un molde simbólico particular que suele ser interpretado desde el canon como “defecto” o “imperfección”, como una mala o inapropiada adaptación de la filosofía canónicamente establecida. El autor destaca entonces la importancia del error. Es el error, el defecto y la imperfección lo que se manifiesta como propio y facilita la creación, ya que son nuevas posibilidades que se abren. Las lecturas o “influencias” de otros suelos son “deformadas” por la propia gravidez y eso da como resultado una cultura particular, una perspectiva propia, la mixtura geocultural, que busca ponerse en valor en este trabajo.

Dice Kusch que “la geocultura de un pensar filosófico lleva entonces a una estructura no racional, porque se sitúa más allá de la filosofía (Kusch [1978] 2011: 258)”. En este sentido también Kusch propicia un pensar desde los límites. No porque se abandone la filosofía ni el pensar racional, sino porque se considera que este pensamiento de borde puede abrir nuevas dimensiones y nuevas perspectivas no analizadas hasta ahora.

La cultura no es algo ante los ojos, como un objeto, un acervo de objetos o algo exterior, sino que se trata de un modo de comer, de vestir, de pensar. Es esta actitud de la que se hablaba anteriormente, es el molde simbólico pero conformado como algo interior, aunque marcado por la exterioridad que puede imprimir el suelo. Cabe preguntar si el suelo es sólo algo exterior; no será acaso en parte este modo introyectado de estar en un determinado tiempo y lugar, de un determinado modo marcado de hecho por estas dimensiones temporo-espaciales. Si se piensa como algo exterior, ante los ojos, como el acervo de objetos, como libros, cuadros, música, etc., se convierte en consumo. En este sentido la cultura posee un lugar secundario, pues se convierte en algo más, pasible de ser comprado y vendido. Kusch plantea como este mercantilismo se da en el arte, ya que se trata de objetos fáciles de ser consumidos, con una armonía decorativa meramente exterior y sin la capacidad de denuncia, pues no tiene compromiso con su realidad. Afirma entonces que:

Así piensa también nuestra pequeña burguesía americana. Tampoco ésta se suma a la cultura si no es como institución. La burguesía crea museos, salas de concierto, o habla de eternidad y universalidad sencillamente para ratificar que arte es materia de consumo y no de creación. De ahí nuestra crisis cultural. Es que la burguesía pareciera sospechar que la cultura no es algo quieto. ¿Será que advierte su sentido revolucionario? (Kusch [1976] 2011: 101).

La cultura no es estática y por ello no se da en el inventario de objetos sino en la función. Dar valor –de cambio– a la simple obra o al simple objeto es introducir al arte y a la cultura en el mundo del consumo. El arte muere, pues las significaciones y funciones se transforman, dejando de ser lo que eran. Sólo los burgueses, sostiene Kusch, conservan el arte como objetos de valor de consumo y en este sentido no se modifican. Así, los burgueses prefieren una cultura oficial y burocrática antes que iniciar la creación que demanda la cultura americana. Porque la cultura americana implica el reconocimiento del “mero estar”, de una desnudez que hay que asumir a partir de la cual se puede crear de nuevo, cuestión que no están dispuestos a aceptar los burgueses, ya que les interesa el arte como objeto de valor y no como “mero estar” a partir del cual puede surgir la creación. En tanto se asuma el propio desgarro, el simple “estar caído en el suelo” se podrá lograr creaciones culturales y no objetos pasibles de ser incorporados a la cultura del consumo. El autor realiza esta distinción y afirma que:

No se remedia el encuentro con lo americano preguntando al indígena cómo es América, ni tampoco en repetir un inveterado folklorismo, como se suele hacer. Hacer esto no es más que cubrir con máscaras la propia y desnuda cara, y elaborar una cultura americana por el lado de afuera, (…) Una cultura americana no ha de consistir en ver alguna vez un cuadro y decir que ese cuadro es americano. Lo americano no es una cosa. Es simplemente la consecuencia de una profunda decisión por lo americano entendido como un despiadado aquí y ahora y, por ende, como un enfrentamiento absoluto consigo mismo (Kusch [1976] 2011: 105).

Cabe señalar que este “consigo mismo” no remite a un lugar “originario” o “esencial” en el que podría caerse desde algunas lecturas de Kusch. Se trata de una actitud, de una decisión por lo americano, por el aquí y el ahora, que no está determinado de antemano. Este “aquí y ahora” es el molde simbólico marcado por el suelo, pero es necesario remarcar una vez más que no es un suelo esencial y determinista. No hay algo tal como el “suelo originario” o la “tierra” en sentido de patria que podría derivar en peligrosos nacionalismos. Como bien dice el autor: “No se trata del suelo puesto así como la callé Potosí en Oruro, o Corrientes en Buenos Aires, o la pampa, o el altiplano, sino que se trata de un lastre en el sentido de tener los pies en el suelo, a modo de un punto de apoyo espiritual, pero que nunca logra fotografiarse porque no se lo ve (Kusch [1976] 2011:109)”.

El suelo es este domicilio pero en sentido existencial, que se mencionaba anteriormente, porque no es la calle en sí, ni una región determinada, sino el sentirse parte de un lugar, porque se es parte de lo que sucede allí, porque “se tienen los pies en el suelo”. Después de todo no hay otra universalidad que la de estar “caído en el suelo” dice el autor.

Esto es lo que se encuentra como base compartida y a partir de la cual se desarrollan las diferencias. Los suelos son, sin duda, diversos, pero la condición de ese “ya estar caído en el suelo” se da de modo universal.

Sostiene entonces Kusch que: Ese suelo así enunciado, que no es ni cosa, ni se toca, pero que pesa, es la única respuesta cuando uno se hace la pregunta por la cultura. Él simboliza el margen de arraigo que toda cultura debe tener. Es por eso que uno pertenece a una cultura y recurre a ella en los momentos críticos para arraigarse y sentir que está con una parte de su ser prendido al suelo. (…) De ahí el arraigo, y peor que eso, la necesidad de ese arraigo, porque, si no, no tiene sentido la vida (Kusch [1976] 2011: 110).

La cultura para Kusch es paradójica, porque por un lado es la desnudez de la revolución y por el otro la posibilidad de domicilio en el mundo. Sin embargo ambas opciones llevan a la creación, ya que tanto la revolución cultural, como la conciencia de un domicilio en el mundo posibilitan la creación del mundo nuevamente, en función del suelo, del desde dónde, para lograr una cultura propia.

Como bien se señaló, Kusch se pregunta por la cultura en función de la comunicación, del diálogo intercultural. En este sentido pensar las culturas geoculturalmente constituidas implica la posibilidad de un diálogo consciente de las limitaciones y potencialidades del mismo, ya que se reconoce el suelo donde se está. La geocultura se da como una dimensión interna al sujeto y se orienta al diálogo, mientras que la geopolítica se sucede en términos contractualistas, y se enfoca en los enfrentamientos y disputas de poder y territorio. La geopolítica, que es un ámbito también analizado por Kusch, presenta actores ya constituidos, ya sea por factores naturales, como la pertenencia a un país o una nación, o por definiciones científicas, como puede ser considerarse dentro de la burguesía o del proletariado.

Lo espacial se estructura en este caso según ordenadores políticos en base a pares de opuestos, como son “amigo-enemigo”, “imperionación”, “centro-periferia”. Estos pares de opuestos y particularmente el de “centro-periferia” son considerados obstáculos a la hora de analizar los complejos procesos de constitución de la subjetividad y sobre todo en América Latina, motivo por el cual se toma distancia de los mismos.

Lo geográfico, desde una perspectiva geopolítica, queda politizado como marco de referencia amplio para la toma de decisiones políticas de sujetos ya constituidos y que deciden en función de una racionalidad instrumental de medios y fines. La cuestión del sujeto, su lugar, su constitución, su opresión y consecuente liberación no puede cuestionarse bajo estos parámetros, ya que provocaría desorden en este esquema geopolíticamente estructurado.

A diferencia de la perspectiva geopolítica, la geocultura remite sujetos culturales que están siempre en constitución, ya que son sus prácticas culturales las que los definen y redefinen. Sus acciones están orientadas en términos éticos y no técnico-estratégicos, pues el sujeto nunca pierde el centro, el protagonismo.

Enfocado en la perspectiva geopolítica y esencializando el concepto de suelo se corre el riesgo de que se produzca una ontologización del mismo que lleve a esencialismos o a la búsqueda de lo originario, lecturas que son recurrentes de la obra que aquí se trabaja. La esencialización del suelo, de la tierra, de lo originario, de la sangre, ha llevado a fanatismos y genocidios por demás conocidos. Por esto se considera que deben tomarse los recaudos necesarios, para que la preponderancia del espacio no se convierta en “espacio vital”[2].

No se puede dejar de lado esta crítica, que señala además que lo específicamente ético, la unicidad, la alteridad, la trascendencia del otro, no se funda en la tierra, sino que debe quedar sin origen y sin fundamento. Este riesgo de ontologización del suelo ha sido, entre otras, una de las preocupaciones de Levinas, que expuso tempranamente en su libro “Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo” (1934).

Por otra parte, en relación a las críticas o limitaciones de la propuesta geocultural, Yamandú Acosta señala que las formas de sabiduría popular, cumplen funciones de cohesión y expresión de una realidad humana, pero que no poseen la capacidad de explicación, crítica o autocrítica propias del discurso filosófico. Sin duda no se puede hacer filosofía al margen del tejido crítico de la propia tradición, pero, según Acosta, fundar el saber en la geocultura implicaría no dejar lugar a la crítica o autocrítica (Salas Astrain 2005: 460).

Se considera que esto no es así ya que la filosofía, con su capacidad propia de crítica, se encuentra también en una determinada geocultura; es parte de los diversos saberes del universo geocultural, pues está marcada por el suelo en el que piensa y habita. J.C. Scannone asume en este sentido el aporte de la geocultura y sostiene que el “en dónde” del arraigo sitúa geoculturalmente la universalidad del saber. Esto no excluye la pregunta por el ser ni el replanteo ético, sino que los ubica en función del suelo.

Igualmente sostiene que siempre existe el peligro del “espacio vital”, por lo que considera a la geocultura de manera limitada. (Salas Astrain 2005: 461).

Las críticas aquí expuestas manifiestan el temor a la reproducción de ideologías que pongan en riesgo la libertad y la justicia y puedan culminar en genocidios, guerras o colonizaciones. Si bien son comprensibles los reparos, se acuerda con Mauricio Langón en que estas críticas, de algún modo reducen la geocultura a enfoques que le son extraños, como bien afirma Langón lo reducen: “a un determinismo con acento en lo geográfico; a un “ontologismo” que remite al “pueblo” como realidad sustante; a la “cultura” como reiteración de lo mismo, a la “sabiduría popular” como expresión irreflexiva de este sustrato (Salas Astrain 2005: 461)”. De existir este determinismo geográfico se caería sí, en el “espacio vital”, pero en la propuesta de Kusch no se trata de articular el espacio con lo político –en términos de geopolítica- sino con lo cultural.

Reconocer la cultura de los oprimidos como valiosa implica situar a los oprimidos como sujetos de su propia liberación. En la perspectiva geocultural liberador y liberado no se escinden –al igual que las relaciones sociales de reconocimiento legítimo que propone Roig-. Se considera necesaria la continuidad de la vida cultural para el proceso de liberación, pero además es esta misma vida cultural suelo para que las dimensiones teórica y ética se articulen desde la perspectiva geocultural. Reconocer la necesidad de la existencia para la liberación, aunque sea en términos mínimos, implica aceptar –quizás también mínimamente- la diversidad cultural, por lo que se aleja de las posibles interpretaciones de etnocidios u ontologizaciones, ya que la tierra no se concibe en términos de posesión ni usurpación, sino como posibilidad del desarrollo de la propia cultura.

Con la intensión de alejarse del etnocidio, la usurpación, el exterminio

que piensa Kusch en el diálogo intercultural sostenido en la geocultura. Por lo cual se considera que la misma es un concepto que aporta para pensar la cultura desde una perspectiva intercultural, pues sitúa el pensamiento en su suelo, en su molde simbólico como marco para comunicarse con la alteridad. Si bien desde la perspectiva que se asume en este trabajo se sostiene que la postura que asume Kusch a veces resulta un tanto dicotómica, su propuesta incita a pensar en función de nuevas dimensiones.

Su rescate del espacio, como estructura simbólica que moldea la existencia, la dimensión básica y existencial del “estar caído en el suelo”, de pensar desde abajo, desde lo inmediato, en función de una comunidad con la que se comparte la vida, son aportes que resulta necesario destacar.

Por lo desarrollado aquí es que resulta importante rescatar este concepto y abrir la potencialidad del mismo, señalando sus peligros y limitaciones, ya que son frecuentes las lecturas sobre Kusch que llevan a posturas esencialistas, pero también son diversas las potencialidades y aperturas que conceptos como el de geocultura puede propiciar.

Referencias bibliográficas

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  • FORNET BETANCOURT, R. (2000) Modelos de teoría liberadora en la historia de la filosofía europea, Barcelona: Editorial Hiru.
  • FORNET BETANCOURT, R. (2001) Transformación intercultural de la filosofía. Ejercicios teóricos y prácticos de filosofía intercultural desde América Latina en el contexto de la globalización, Bilbao: Desclée de Brouwer.
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  • SALAS ASTRAIN, R. (2003). Ética Intercultural. Ensayos de una ética discursiva para contextos culturales conflictivos. (Re) Lectura del pensamiento latinoamericano. Santiago de Chile: Ediciones UCSH.
  • SALAS ASTRAIN, R. (coord.) (2005) Pensamiento crítico latinoamericano, conceptos fundamentales, 3 vol. Santiago: UCSH.
  • SCANNONE, J. (2009) Discernimiento filosófico de la acción y pasión históricas. Planteo para el mundo global desde América Latina. Barcelona: Anthropos.

[1] REFP. Pensamiento e Ideas, N° 7, agosto 2015. pp 43-51

[2] La noción de “espacio vital” o Lebensraum fue acuñada por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel (1844-1904). Implica la relación entre el espacio o territorio y la población, ya que un Estado se garantizaba en función del espacio que poseía para brindar un desarrollo propicio a sus ciudadanos. Esta teoría presentaba fuerte influencia del biologicismo y del naturalismo. Fue utilizada luego para la expansión nazi antes y durante la Segunda Guerra Mundial

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